viernes, 18 de febrero de 2011

"After Office"

Termina la semana de trabajo, el sueño de cada oficinista; es el momento acerca del cual se estuvo pensando los 5 días anteriores, es el instante en que se huye del lugar de trabajo a buscar la tan merecida -o no, pero no importa- relajación, cualquier error puede justificarse con el estrés que generó la semana, son los 5 minutos de gloria del que vive de trabajar papeles... pero no empiezan hasta que se llega al destino buscado.


Félix Barindo:Viernes 17:01, Florida 203 5to piso.

Jornada cumplida, adiós semana: chau oficina, chau papeles, chau jefe. ¡Chau!. “En horita y media empieza el Albo... sobra tiempo para ir al kiosco antes del subte. Ya fue, me voy de una escapada a comprar puchos”.

El empleado del kiosco lo recibe amablemente, a pesar de ser tratado como si fuera el empleado del pelado de ojos desorbitados y camisa a rayas por afuera del pantalón. “El luqui a siete mangos cincuenta, que robo, tené”. Lo que queda de su atención es captado por siete palabras: “El fumar es perjudicial para la salud”... y bueno, de algo hay que morirse, ¿no?. Le sonríe al pibe del kiosco que le cabecea un saludo.

Camina por la peatonal con el pecho hinchado de quien se ganó su libertad.


Alcanza Catedral de la D y se acomoda al lado de las vías del mundo subterráneo al tiempo que llega el tren amarillo. Su posición no es la mejor, pero todavía se puede conseguir un asiento (de última es él el que tiene que recorrer la ciudad entera por abajo, el resto se bajan todos acá nomás.)

El plan es claro, se viene una arremetida. Por un instante duda, pero no, va a arremeter, es al pedo esperar un subte más -no va a viajar hasta congreso parado...-, lo que le causa gracia, porque piensa en Leónidas en 300 (“¡¡Esto es la Deeeeeeeee!!”)

La operación es un éxito y salvo un “No empujen” nadie dice nada, por ahi lo miran, pero se hace el desentendido mirando al que venía atrás de él con cara de fastidio. “Salió redondo, salió. 40 minutitos y llego a casa”.

Pero el destino (o metrovias) es cruel, y el momento más ansiado por decenas de miles de personas nunca llega. En cambio se dilata la espera y se encoge la paciencia.

Primero el tren no arranca, no hasta que se llena completamente de pasajeros, y Félix nota como todos los que lo rodean deben ceder sus asientos. El peor temor se torna realidad, y en 9 de Julio un cuarentón le pregunta si puede cederle el asiento a una embarazada. “Y este la juega de defensor de pobres y ausentes”.

No hay escape, una estación y ya está parado, con maleta y saco colgando de la misma mano, mientras flexibiliza su otro brazo para viajar asido del caño vertical cercano a las puertas, al tiempo que siente en su espalda la humanidad de otro ser, pero prefiere no mirar; “ojos que no ven pasajero que sufre menos”. No hace falta mencionar que en verano los compañeros de viaje en hora pico tienden a ser más húmedos y consecuentemente el aroma general del subte es aún menos propicio que el que podría ser identificado en invierno.


Luego la señora de su izquierda, tampoco hayándose cómoda con la situación en el vagón, comienza a cuestionarle el por qué la está chocando con el hombro, provocándole un lapso de duda en el que se debate para sus adentros si “la vieja habla en serio o si es una joda de mal gusto”. No; evidentemente es más que serio el reclamo, por lo que le replica que “el subte está muy lleno y que están todos apretados”, con un tono que no oculta cierto fastidio pero que busca no ser hostil con una pregunta con tan poco sentido. Evidentemente, incómodo, asqueado, cansado, y apurado por ver al albo, fracasa. Inmediatamente la mujer abandona los signos de interrogación por un seco “Correte” mientras lo empuja, haciendo que algunos cercanos tornen sus cabezas, y llamando al “Greatest hit” de las horas pico: “Siempre lo mismo, viajamos como ganado”.

Para colmo de males “Metrovías informa que la línea D Catedral-Congreso de Tucumán se encuentra con demoras” (“No, ¿en serio?”) por lo que el vehículo realiza no sólo paradas más largas aumentando el número de gente, que seguramente ya roza con la capacidad máxima -no la estipulada por la empresa, sino la delimitada por el espacio físico- (a pesar de esto, la gente en las estaciones pareciera no notarlo, de modo que con el fin ulterior de sumarse a la gran familia que ahora significa el tren, empujan cual si estuvieran metiendo las valijas de las vacaciones en el auto), sino que también para entre estación y estación, asegurándose de que los pasajeros no olviden el momento.

Si faltaba algo a la ocasión, “algún pelotudo parece estar pasándola bien”, porque en cada parada las puertas se abren y cierran repetidas veces por el hecho de que alguien estorba la puerta con el pie, al punto que el chofér, esquivando cualquier tipo de vocabulario vulgar de forma tan marcada que deja los espacios para los mismos amenaza con llamar a la cana. (!) (“hay algún gracioso parando la puerta, pedimos que el [silencio] lo deje de hacer o vamos a tener que avisar a la policía”) .


El oxígeno se acaba rápido al estar en un tubo bajo tierra colmado de gente y a 30 y pico de grados, y los ventiladores no parecieran estar mejorando la situación notablemente, por lo que las bocanadas de aire se tornan más y más grandes, y muchos parecen tener problemas con ello.

Para completar el circo subterráneo, a un rubio se le traba la mano en la puerta del subte en Agüero. “Cartón lleno... ni queriendo metés la mano ahí” piensa Félix, desganado, mirando su reloj (“17:54. 17, la desgracia”) meneando la cabeza para ambos lados. Nadie le dice nada al rubio, pero la mirada del vagón completo es más que extremadamente suficiente para transmitir la idea.


De a muy poco, justamente en Agüero, empieza a decrecer el número de pasajeros, pero el subte sigue tardando en desplazarse; “lo peor del viaje pasó, pero y el albo?” recuerda con mal humor.

Al reloj, menos de veinte minutos, a sus ojos, una eternidad. Ya alcanza Congreso, ya son y cuarto casi, y sale a paso ligero del subte, atropellándose con si mismo y molesto con el mundo. La escalera no avanza, la gente no se mueve, la luz del semáforo no corta...once cuadras y media para recorrer.

El Albo no le alegró el viernes, el resto es anécdota, ni su trabajo, ni el que lo manguea en Florida, ni el subte, ni el tachero que le recuerda a su madre, ni la discusión con la esposa, ni el celular que perdió en el subte (y descubre la mañana siguiente) importan, nada; el Albo no ganó.

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